Copia de Seguridad – Tributo a Dick – Parte 2

Mary fregaba el piso de un cubículo subterráneo cuando Dave se apareció de golpe delante de ella. Le estorbaba y le impedía seguir pasando la fregona por el cuarto.

-Ayer no viniste a trabajar, Dave.

-Me tomé el día.

Mary giró cuarenta y cinco grados y siguió fregando el suelo por el otro costado.

-¿No te cansas de ser una esclava, Mary?

-No somos esclavos, Dave. Lo sabes. Cada quien vive según sus méritos. Tú y yo no tenemos gran mérito: es el camino que elegimos.

-¿Por qué odiamos a los inmigrantes, Mary?

-Porque nos van a quitar la libertad y nos lo van a arrebatar todo, aun a nosotros que tenemos tan poco. ¡Tú los odias más que nadie, David! ¿A qué vienen estas preguntas?

-No vienen a nada, Mary. ¿Tienes mi copia de respaldo?

-La dejé en casa.

-¿La dejaste en casa?- Dave se abalanzó encima de Mary y le puso los dedos encima del cuello. –Pero, ¿qué te dije, Mary? ¿Qué te hice prometer?

Mary balbuceó pero no atinó a decir nada.

-Tú… ¡tú no eres Dave, santo Domo! ¡Dave tenía razón, Dave tenía razón!

-Dave tenía razón- dijo el cuerpo de Dave muy calmado. -Por eso tienes que darme la copia de respaldo en cuanto termine tu jornada del día de hoy.

Dave acechó a Mary durante toda la jornada de trabajo. La esperó untado a las paredes como una pátina vigía y Mary sabía que aquel ser la estaba observando. “Una palabra a tus superiores y…” le advirtió el cuerpo habitado. Mary quería zafarse e informar al Nódulo Antimigratorio de lo que estaba pasando, pero el cuerpo habitado tenía episodios en los que dejaba de parecer el intruso y se comportaba como alguien más.

-¡Mary, Mary!- le gritaba con la voz de Dave y no con esa otra apenas diferente y más templada que había usado para amenazarla -¡Soy yo, Mary! ¡Soy Dave! ¡Entraron, te digo que entraron! Entró uno de ellos, uno de los otros. ¡Me tienes que reiniciar!

Y luego se interrumpía para vociferar “¡Maldito hombre blanco! ¡Hombre vano! ¡Esclavo humano, yo te desterré! ¡Te liberé de tu vida de esclavo humano, termínate de hundir!”

Y Dave le respondía:

-¿Hundirme dónde? Éste es mi cuerpo por derecho, ¡impuro! ¡Márchate!

Después se quedaba callado, en un turbio silencio y con el cuerpo amasado formando un bulto o un tumor encima de los suelos que fregaba Mary y Mary se quedaba libre y descuidada. Libre y descuidada como para dar parte a las autoridades.

Entonces Dave escuchaba cómo el otro que lo habitaba intentaba comunicarse telepáticamente con una segunda voz.

“Rafsandjani. No sé qué pasó, pero el hombre blanco sigue vivo adentro de su cuerpo. No se ha ido al otro lado, al mundo de los yermos australes y los llanos podridos de arena. No se ha ido a ninguna parte, sigue aquí adentro de su cuerpo. Ayúdeme, Rafsandjani.” Decía el inmigrante adentro de la cabeza de Dave.

“Nasser, usted es idiota. Creo que el vehículo que usted eligió es inadecuado.” Le respondían desde otro sitio. “¿Qué hizo? Haga memoria. ¿Cuánto tiempo le tomó entrar en esa cabeza?”

“Más tiempo del protocolario.”

“Debió abortar el traslado, entonces.”

“Pero ya estaba dentro, Rafsandjani. Ya tenía un pie dentro, ya no podía salirme. ¿Cómo saco a este hombre blanco de su propio cuerpo?”

“Primero lo primero, Nasser. Destruya la copia de respaldo.”

A las ocho de la noche, Mary terminó su turno y llevó el cuerpo de Dave hasta su casa. El hombre se portaba dócil. Mary abrió un armario y extrajo el frasco color granate lleno de una sustancia viscosa y burbujeante de partículas parecidas a la pus.

Dave se lanzó para hacerse con el frasco, pero Mary lo esquivó.

-¡Alto Dave!

Mary abrió el frasco e introdujo la mano en la gelatina ominosa que resguardaba la copia de respaldo. Las Lunas sintéticas del Domo rebotaban sobre aquella superficie acuífera, sacando destellos ígneos como de sangre recién cosechada. Extrajo la copia de respaldo, aquel cartucho de metal y lo empuñó en la mano derecha.

-¡Dave!

-¡Dámelo, Mary!

Dave amagó con embestir nuevamente, pero cinco hombres fornidos y bien armados penetraron derribando la puerta del apartamento de Mary. Los hombres apresaron a aquel ser híbrido por los brazos y el ser se retorcía adquiriendo un aspecto cada vez más de creatura y menos de humano.

Mary se le acercaba con el cartucho en ristre y el ser se debatía entre los aullidos de “Sí, Mary, ¡hazlo ya!” y unos gritos destemplados que decían “¡Déjenme en paz, impuros! ¡Déjenme en paz! ¡Húndanse, húndete en el mundo mórfico, déjame en paz!”

La chica insertó el cartucho recubierto de gelatina en la boca abierta de Dave con ayuda de los hombres del Nódulo Antimigratorio y entonces los hombres tuvieron que forcejear con él para obligarlo a tragar. El ser se debatía en arcadas. Escupía saliva y tenía los ojos globulosos y descompuestos.

Le salían burbujeos de la garganta y el proceso se detuvo sólo cuando el ser se desplomó encima del suelo.

-¡Dave!- gritó Mary -¿Qué le hicimos?- gritó y se abalanzó sobre él. Uno de los hombres del Nódulo la contuvo.

-Tranquila, lacaya.

Esperaron durante unos minutos larguísimos. El hombre del Nódulo no soltó a Mary.

El cuerpo del ser, de Dave comenzó a retorcerse.

-Está por despertar. No recordará lo que ocurrió, lacaya- dijo el hombre del Nódulo –Déjelo así. No le explique lo que sucedió. Si lo recuerda y si vuelve a ser víctima de los fenómenos mórficos que le ocurrían con anterioridad, tendremos que matarlo.

Los hombres se marcharon diciéndole “Le tendremos un ojo encima, lacayos.” Y justo después Dave abrió unos ojos vacíos, desconcertados.

-Mary- musitó Dave al verla.

Estaban felices.

Esa noche Dave durmió mal. No era la primera vez que le ocurría y pensaba que la culpa debía de ser de los inmigrantes. Siempre se trataba de los inmigrantes.

Por la mañana despertó, se puso el mono azul de la compañía, echó un vistazo a su frasco de zorgs y vio que tenía muchos menos de los que recordaba. De cualquier modo alcanzó a juntar un puñado y se preguntó si bastarían para comprar una copia de respaldo modelo hiperaustero.

Pasaría a Persocorp antes de llegar al trabajo.

No alcanzó a escuchar que, adentro de su cabeza, una voz intentaba comunicarse telepáticamente con alguien más.

-Rafsandjani- decía –Soy Nasser. Cuando el dueño del cuerpo hizo la copia de respaldo, yo ya estaba adentro del vehículo.  Así que me reiniciaron. Voy a intentar el traslado otra vez.

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Copia de Seguridad – Tributo a Dick – Parte I

Por la noche volvieron a asediar a Dave mientras dormía en el interior de su receptáculo del sueño. Eran los inmigrantes: Dave sabía que se trataba de los inmigrantes. Nadie más podía colgarse de los muros de su sueño con tanto tesón.

En las plasmapantallas del interior del Domo se hablaba siempre de tener cuidado con los inmigrantes. “No les abra las puertas de su casa. No les abra las puertas de nuestro mundo.”, rezaban los eslóganes. Dave era un buen ciudadano y hacía caso. No entendía por qué seguía siendo la víctima de ataques tan deshumanizados.

Cuando despertó, se puso el mono azul de la compañía, echó un vistazo a su frasco de zorgs y comprobó que tenía unos cuantos ahorrados. Decidió pasar por la sucursal de Persocorp y hacerse una copia de respaldo austera antes de ir al trabajo en las Oficinas Centrales del Domo.

-Ya está, Mary- Mary estaba inclinada sobre una cubeta de elixir limpiador y la utilizaba para lavar una vieja fregona. A ella el mono azul le sentaba bien: le subrayaba delicadamente los contornos de sus jóvenes curvas.

-¿Ya está qué?- le preguntó Mary sin levantar la vista de la fregona.

Dave era un hombre enjuto y disminuido. Usaba unas gafas de cristal grueso que contrastaban escandalosamente con sus ojos grises y de globos hundidos.

-La copia- Dave extrajo un frasco granate del interior de su mono e intentó mostrárselo a Mary. Adentro gravitaba una pastilla sumergida en un fluido viscoso, burbujeante de partículas semejantes a la pus. Mary no lo miraba.

-Dave, no puedes seguir con esas ideas. Los inmigrantes fueron erradicados en la Guerra de los Tercetos.

-No, Mary. ¿No has visto la información de las plasmapantallas?

-Quieren que sigamos alertas, eso es todo. Pero ya no hay inmigrantes adentro del Domo- Mary exprimió la fregona con fuerza.

-El Domo nos protege de la amenaza física.- dijo Dave –Pero ellos están usando otros medios, Mary. Te lo he dicho cientos de veces. Los siento trepar adentro de las sábanas, los siento trepar adentro de mi sueño, Mary. Ellos quieren habitarme, habitarme por dentro.

-Vuelve a tu turno, Dave. Tienes muchos pasillos por limpiar –Mary metió la fregona en su carrito y amagó con alejarse de su compañero. Dave asió el brazo de Mary con fuerza y la obligó a mirarle.

-Tienes que prometérmelo, Mary. Me lo habías prometido ya. Si me habitan…- Dave puso el frasco granate en las manos de Mary. –Si me habitan harás lo posible por devolverme utilizando mi copia de respaldo.

Por la noche los ataques arreciaron sobre el sueño de Dave.

Se despertó y caminó al trabajo como todos los días, pero un par de hombres fornidos y vestidos con ropa de civil lo interceptaron por el camino.

-¿Lacayo David Radcliffe?

Dave no supo por qué, pero echó a correr por la acera. Los hombres fornidos le gritaban que se detuviera, pero él continuó alejándose. Finalmente un tercer hombre le saltó en la boca de una esquina y lo echó al suelo con un dardo paralizante.

-Quieto, David Radcliffe.

-¿Por qué huyó de nosotros, lacayo Radcliffe?- le preguntó un hombre vestido con bata verde una vez que lo hubieron trasladado a una instalación médica. Lo recostaron en una camilla, lo sujetaron con correas y le colgaron unos electrodos en la frente.

El hombre de la bata hacía anotaciones en una hoja prendida sobre una tablilla de madera. Tenía el cabello cano y la piel muy grasosa.

-No lo sé- dijo Dave.

-¿No lo sabe? ¿No sabe por qué salió corriendo esta mañana cuando intentamos invitarlo amablemente a que nos acompañara?

-No lo sé- repitió Dave. –No sé nada.

El hombre de la bata garabateó unos jeroglíficos sobre el papel y se levantó del asiento. Hizo ademán de abrir uno de sus cajones, pero se arrepintió y regresó a situarse a un costado del lecho de Dave.

-¿Qué tal duerme todas las noches, lacayo Radcliffe?

-Mal- escupió Dave.

-¿Mal? ¿Es capaz de mantener su consciencia íntegra e ininterrumpida durante sus ocho horas de sueño?- Dave no respondió, pero el dispositivo que monitoreaba las señales que enviaban los electrodos que tenía conectados a la frente registró una actividad infrecuente.

-Ya me lo imaginaba- repuso el hombre de la piel grasienta. –Cuando su sueño se ve interrumpido, ¿siente como si le mordieran la consciencia, como si de repente viajara y pudiera ver sitios que nunca ha visto durante la vigilia y que quizás ni siquiera existen en la realidad de nuestro Domo? ¿Ve yermos australes y llanos podridos de arena y de sol y de escombros?

Dave asintió tímidamente.

-Interesante- dijo el hombre de la bata. –Las sospechas de Persocorp están confirmadas.

-¿Qué tiene que ver Persocorp en todo esto?- inquirió Dave.

-Usted acudió ayer a Persocorp y pidió una copia de respaldo modelo austero, ¿cierto, lacayo? Persocorp nos informó de actividad anómala en una consciencia que respaldaron el día de ayer, eso es todo.

-¿Qué actividad anómala?

-Pues eso. A usted le pasa algo que solía ser la norma entre los hombres de antes de la Guerra, lacayo. Erradicamos ese fenómeno al mismo tiempo que logramos contener las amenazas de los inmigrantes de más allá del Domo. Lo hicimos seleccionando cuidadosamente los genes de nuestras futuras generaciones y sólo aceptando la reproducción de los individuos con menor incidencia de tal fenómeno mórfico. Pero la genética no es una ciencia perfecta: a veces aparecen brotes del fenómeno mórfico, lacayo Radcliffe.

Entonces entró uno de los hombres vestido de civil que había interceptado a Dave en las calles de la ciudad y se dirigió al hombre con bata.

-¿Confirmado, doctor Friedman?

-Confirmado. Usted lo oyó, Wallace. Este lacayo ha admitido ser un vehículo potencial.

Wallace se acercó a uno de los cajones y extrajo una manguera de caucho y una jeringuilla cargada con una sustancia. Se las arrojó indiferentemente al médico y no dijo nada. El doctor Friedman enredó la manguera de caucho alrededor del antebrazo de Dave y luego le acercó la jeringuilla a una vena.

-Esto no le va a doler, lacayo. No sabemos de nadie a quien le haya dolido.

La aguja hipodérmica penetró en la vena de Dave y Dave se sintió repentinamente habitado por una fuerza inhumana. Se alzó de la camilla y reventó las correas que lo mantenían sujeto. La jeringuilla cayó hecha añicos y el líquido en su interior borboteó con espasmos encima del suelo.

Dave salió corriendo de aquel cubículo médico y pronto estuvo lejos. Lo perseguía ese grupo que trabajaba para las autoridades del Domo, pero él era mucho más rápido.

La puerta del despacho subterráneo de C. Rafsandjani se abrió de golpe. Dave estaba en el vano, embutido en un mono azul goteante de sudor.

-¿Fue exitoso el traslado, Nasser? ¿O quizás debería decir lacayo Radcliffe?- inquirió Rafsandjani con una sonrisa.

Dave asintió con la cabeza.

-Con algunos inconvenientes. El Nódulo Antimigratorio anda detrás de mí. Antes de ser capaz de despertarme, el idiota dueño de este cuerpo admitió ser víctima de fenómenos mórficos.

-Quizás debió abstenerse de huir y quedarse recostado en la camilla del Nódulo Antimigratorio para demostrarles que no había nada de qué preocuparse.

-Me habrían matado- repuso Dave. –Uno de los hombres tenía la jeringuilla cargada. ¿Qué podía decirles? Usted sabe que no se permiten tener ni un hueco en sus vallas de seguridad mental. Nos conocen. Saben por dónde podemos entrar y saben qué estamos dispuestos a hacer. Toda persona que sufra de fenómenos mórficos es una amenaza.

-Entonces déjelo así. Lo buscarán, pero no han podido encontrarnos a ninguno de nosotros- dijo Rafsandjani mesándose la larga barba.

-Todavía.

-Son débiles, Nasser. Son hombres vanos. Ellos no están unidos por la fe como lo estamos nosotros.

Dave asintió.

-Quítese esa ropa de esclavo, Nasser- Rafsandjani le lanzó unos trapos de manta holgada y Dave los atrapó en el aire. Sus reflejos eran más rápidos que cuando era el lacayo David Radcliffe. Ya no necesitaba las gruesas gafas tampoco.

-Hay otro problema, Rafsandjani- Rafsandjani levantó la ceja. –Este idiota de lacayo hizo una copia de respaldo de su consciencia antes de mi cruce.

-¿Una copia?

-Obra de Persocorp, sí. El hombre blanco es tan vano que incluso puede mercar con su propia consciencia.

-¿Por qué lo hizo?- Rafsandjani fruncía sus cejas pobladas.

-Sospechaba que alguien vendría a habitarlo.

-¿Sospechaba? ¡Ningún hombre blanco había sospechado tal cosa nunca, Nasser! ¿Qué hizo mal?

-Nada, Rafsandjani. Tal vez este hombre…

-¡No diga más, Nasser! ¡Sólo arréglelo!

Piezas de Recambio – Tributo a Asimov – Final

El obrero Humphrey Sanders realizaba el trabajo más aburrido del mundo. Cuando la luz del sensor se ponía en verde, Sanders debía activar la palanca del dispositivo de aleatoriedad y esperar durante un lapso que oscilaba entre 8,76 y 15,39 minutos a que el dispositivo de aleatoriedad emitiese un resultado.

El dispositivo de aleatoriedad emplea un algoritmo que utiliza los datos de la desviación irregular de los relojes universales para generar secuencias de números casi puramente aleatorios. Las secuencias aleatorias se multiplican por factores a su vez aleatorios para determinar: el tiempo de espera antes de la emisión del resultado y la ponderación del resultado como positivo o negativo.

De ser positivo, el dispositivo dibuja un signo de + y de ser negativo dibuja un signo de -.

Si el signo resultaba un -, Sanders no tenía que hacer más nada. La luz del sensor se apagaba y Sanders debía esperar a que volviese a encender en verde para repetir el proceso.

Pero si el signo resultaba un + (cosa que había pasado muy pocas veces en toda la historia laboral de Sanders), el obrero en turno debía extraer una pieza del interior de los cargamentos y lanzarla por el tubo de descargas.

Aquel mediodía, Sanders aguardaba el último veredicto del dispositivo de aleatoriedad cuando, de pronto, una nave antiquísima que Sanders sólo había visto en los cromos que coleccionaba su abuelo, se abrió paso volando a través del tubo de descargas.

De la nave bajaron una multitud de individuos, entre ellos una mujer y algo que parecía ser un niño pequeño.

Todos tenían una pinta muy rara.

Sanders apenas salía de su estupor cuando uno de los hombres más corpulentos se le acercó y lo amenazó con el puño.

-¿Tú eres Dios?

-¿¡Dios!?

-No, tú no puedes ser Dios. ¿Dónde está Dios?

Hilda Gallagher miraba anonadada. ¿Esto era el Cielo? ¿Un almacén destartalado y un puñado de absurdos dispositivos?

-¡Llévanos con Dios! ¡Llévanos con su Juez, tenemos un caso! ¡Muchos casos!

-¿El Juez? ¿Cuál Juez?

-¿Quién es el Juez de este mundo?

-¿El Juez de este mundo? No lo sé. ¿Habla del jefe?

Strauss miró a Sluschburgen. Sluschburgen le respondió con una mirada que quería decir “quizás”.

-Sí, tu jefe. ¡Llévanos con él!

Y fue así cómo Sanders llevó a la extraña comitiva hasta la oficina del señor Randall Watson, el Director General del Corporativo de Partes, Autopartes y Piezas de Recambio.

Entraron en la oficina omitiendo todos los controles de seguridad. Sluschburgen llevaba consigo un viejo rifle de positrones, rearmado con chatarra al igual que la nave Radiance 5000. No sabía si funcionaba, pero al parecer daba buenos resultados para mantener a las secretarias y los vigías al margen de la expedición.

Cuando Randall Watson los vio aparecer en su oficina sólo atinó a decir:

-Pero, ¿por qué están aquí y no allá abajo?

A diferencia de Sanders, él sabía por qué esos hombres tenían una pinta tan extraña.

-¿Usted es el Juez de este mundo?

Randall Watson sonrió.

-Depende del asunto- les dijo.

-Vinimos a presentarle un caso. Hay numerosos antecedentes documentados.

Strauss comenzaba a pensar que esa oficina con muebles de roble no se correspondía con la imagen del Supremo Juez del Universo, del Creador de Todas las Cosas que él tenía en la cabeza. No estaba el aire etéreo, ni los ángeles, pero muchas cosas no eran, después de todo, como uno se las ha imaginado venido imaginando toda su vida.

-Adelante, hablen.

-Queremos morir.

-¿Morir? Pero eso no es posible.

-Pero está en las Escrituras- insistió Sluschburgen – Lázaro murió y Usted, en la persona de su Hijo, lo resucitó. Y cuando le volvió a llegar el tiempo, Lázaro murió nuevamente. Tiene que ser posible morir aunque uno haya sido previamente resucitado.

-No en su caso. En el de ninguno de ustedes.

-Entonces queremos apelar- dijo Strauss –En varias ocasiones, en la anterior Era,  ciudadanos de las llamadas naciones presentaron casos ante el Juez para hacer válido su derecho de morir. En los documentos le llaman de distintas formas: eutanasia, muerte asistida, suicidio asistido. Algunas veces el Juez falló en su favor y otras en su contra. Cuando se falló a favor, los ciudadanos recibieron una inyección de un líquido que finalmente les proveyó el descanso eterno.

-Queremos hacer válidos nuestros derechos.

-Pero ya le digo que no es posible- se ensañó Watson.

Hilda Gallagher comenzaba a mostrarse incómoda. Sin más se volvió contra Sluschburgen y le gritó:

-Pero, ¡usted me dijo que tendría solución! ¡No que vendríamos a solicitar la muerte de mi hijo!

-Apreciable dama, no se preocupe, su hijo no puede morir- la tranquilizó Watson. Hacía mucho que no se sentía de tan buen humor. La absurda rebelión de estos pequeños seres estaba resultando de lo más divertida. –Ninguno de ustedes puede. Y no lo digo porque a ustedes se les haya dicho que fueron resucitados luego de que la Tierra anterior fuese destruida. Tampoco lo digo porque las leyes se lo prohíban. No, ustedes no pueden morir porque son la primera generación de… hombres- Watson dudó en decir autómatas o ciborgs, pero decidió que hombres era mejor. No había que decirles la verdad más de la cuenta –Son la primera generación de hombres creados con… -carraspeó de nuevo- energía vital ilimitada. Su energía atómica alimenta a los propios átomos de su cuerpo y por lo tanto, mientras exista actividad en el secreto de la materia, sus cuerpos no morirán. ¿Se dan cuenta? Es un sistema que utiliza su propia energía para producir más energía. ¡Una genialidad!

-Y así, es como si su alma estuviese anclada en cada uno de sus átomos y les hiciese ser así Todo y Uno al mismo tiempo. Pueden arrancarse la cabeza y no morirán. Sus pulmones pueden dejar de funcionar y no morirán, sólo les costará un poco más moverse. Sentirán dolor y sentirán cansancio. Pero no morirán. ¡Alégrense! ¡Son las creaturas más perfectas que hemos creado en todo este ancho Universo! No pueden morir, no se detienen nunca. Son inmortales y son perfectos. Ahora váyanse. Tengo muchos pedidos que organizar.

Y el señor Watson llamó a un escuadrón del equipo de seguridad, armados con trajes anti-radiación y de campo atómico para que se hicieran cargo de los rebeldes. Tendrían que esperar a la noche para lanzarlos a través del tubo de descargas.

Más tarde, quizás porque iba un niño en la comitiva, se sintió benévolo. Ordenó que antes de lanzarlos, les pusieran a todos sus piezas de recambio.

Durante el día, a veces se producen Milagros. A veces los ciborgs que viven bajo la superficie de la Tierra reciben las piezas de recambio que tanto imploran para calmar las infecciones que destruyen sus órganos.

Y a veces, durante la noche, se producen otro tipo de milagros: grupos de ciborgs caen a veces por la Puerta Abierta del Cielo de regreso hacia su mundo.

No era la primera vez que algunos se rebelaban. Eran tipos listos, Randall Watson lo sabía.

Cuando superaron en cultura a los hombres, Randall Watson sugirió al gobierno que se les despojara de su humanidad. Pero el gobierno tuvo una mejor idea. En lugar de despojarlos de ella, había que aprovecharla.

Y fue así cómo se les confinó en el subsuelo, se les distribuyeron Biblias alteradas y fueron inoculados con virus informáticos que producen la falla de ciertos órganos.

Era una buena idea, en principio. Lo único malo era que Randall Watson perdía todos los meses un pequeño ingreso residual al tener que donar algunas de sus piezas restantes para lanzarlas por el tubo de descargas.

Eso le disgustaba. Pero ya se arreglarían las cosas algún día.

Por eso siempre le insistía a Stevens.

Stevens, por su parte, siempre lo convencía de los beneficios del sistema diciéndole que era para estimular la productividad de los ciborgs. Si dejaban de recibir Milagros de vez en cuando, dejarían de trabajar con tanto ahínco como lo hacían.

Watson seguía creyendo que los ciborgs se quejaban demasiado.

No le cabía en la cabeza que, siendo inmortal, alguien pudiera orar tanto para pedir que le transplantaran una simple pieza de recambio.

Piezas de Recambio – Tributo a Asimov – Parte 2

Sluschburgen entró en la biblioteca que Niel Strauss tenía acondicionada también como taller mecánico y como laboratorio.

-¿A cuántos reclutaste hoy, Matias?- Strauss apretaba con una vieja llave de tuercas un dispositivo adentro del motor de una vieja nave Radiance 5000 que habían ido armando entre los dos pieza por pieza, recuperándolas en basureros y en tiendas de chatarra.

-Uno solo. Una madre con su hijo pequeño.

-Los niños son los peores.

-Sí, los niños son los peores.

Sluschburgen se sentó en una de sus viejas sillas y comenzó a hojear un libro voluminoso con las hojas chapadas en láminas de oro falso.

Strauss y él vivían con la infección desde hacía varios años. Les habían negado el Milagro tres veces a él y dos más a Niel Strauss. Ninguno lo decía, pero eso significaba que vivirían infectados para siempre.

Pero eso también significaba que ya no tenían por qué creerse que si trabajaban más duro, recibirían algún día su Milagro.

-¿Otra vez el mismo pasaje, Matias?- Strauss se pasó una mano para absorber el sudor de su frente. La infección lo hacía cansarse mucho más que un hombre sano, aun con los trabajos insignificantes.

-Sí. La Resurrección de Lázaro. Jesús hace el Milagro de devolverle la vida a ese hombre. Y si tiene el poder para devolverla, también debería de ser capaz de arrebatarla.

Strauss asintió, se puso en pie y dejó la llave de tuercas en una mesita que había a un costado de la nave.

-Está casi lista, Matias.

-Bien. ¿Tenemos los detalles de los casos que se han presentado al Juez en ocasiones anteriores?

Strauss asintió.

-El Juez. Pero no sabemos si el Juez es el mismo al que nosotros buscamos, Matias. Estos documentos están llenos de la jerga de los hombres antiguos. Parece que los escribió alguien que no tenía deseos de ser comprendido. ¿Qué pasará si el Juez no es el mismo Juez al que nosotros buscamos?

-Tiene que serlo, Strauss. ¿Cuántos Jueces puede haber?


Al terminar el día, un funcionario anunció que todos los turnos que no habían podido ser atendidos durante la jornada estaban caducando en ese momento. Se sugería a los solicitantes pasar la noche en el recinto para tratar de obtener un nuevo turno a la mañana siguiente.

-Con un poco de suerte nos tocará un turno mejor- mascó una mujer malhumorada que había ido a sentarse a un costado de la señora Gallagher. –Más próximo. ¡Ja!

La señora Gallagher hubo de pasar ahí varias noches más antes de obtener un turno digno de la espera. Para entonces, los hipidos del pequeño Benny habían sido reemplazados por el hundimiento de los ojos, la palidez de la carne y el cansancio perpetuo: los síntomas inequívocos de que el órgano en el interior de su cuerpo había colapsado y la infección había tomado completa posesión de su cuerpo.

-¡127 serie B! ¡127 serie B!- se escuchaba a través del sistema de sonido de la sala.

Hilda Gallagher cayó en la cuenta de que era su turno.

Se levantó con diligencia y fue a reclamar su lugar con uno de los funcionarios de las Salas de Espera.

-¿Benjamin Gallagher Jr?- le preguntó el funcionario sin levantar la vista de los formatos que sostenía en las manos.

La señora Gallagher asintió.

-¿Y un acompañante mayor de edad?- volvió a asentir. –Pase por favor. Apíñese. Rápido. Ni usted ni yo tenemos todo el día.

Y le señaló a Hilda Gallagher un resquicio por el que tenía que pasar a la siguiente sala. Avanzó, bajó por unas escaleras, después bajó por otras escaleras y pronto estuvo en una sala aún más amplia que las salas de espera de los solicitantes, pero igual llena de personajes con la piel cetrina y los ojos abultados.

Un funcionario le dio la bienvenida en la entrada y le dijo con voz mecánica que estaba en la Segunda Sala de solicitantes.

-Ha sido paciente y ha llegado lejos. Ahora tome un nuevo turno y vuelva a esperar.

A la señora Gallagher le pareció una broma.

-Escuche, ¡mi hijo lleva una semana esperando!

-Y hay quienes esperan toda la vida- le dijo el funcionario sin apenas mover los labios.

-Pero, ¿no puede hacer algo?

-¿Le parece que soy súper poderoso? Mejor siéntese y ore- y le repartió un panfleto con la imagen de varios santos y las oraciones del día.

La señora Gallagher fue a sentarse desalentada, pero pronto cambió de opinión porque notó que en esta nueva sala había muchos menos enfermos que en la anterior.

-¿No vamos a orar, mamá?- le preguntó el niño con la voz débil. Los pocos solicitantes que quedaban a su alrededor estaban sumergidos en cánticos celestes. Tenían los ojos cerrados y las manos levantadas hacia el techo.

Hilda Gallagher se puso a orar y a cantar también. Oró y cantó con fervor y su súplica fue escuchada porque pronto su nuevo turno fue llamado. Bendito Dios, apenas un par de horas más de espera.

La madre y el niño se sonrieron y avanzaron discretamente hasta donde el funcionario les indicaba. Tenían la convicción secreta de que ésta vez sí los llevarían hasta la Sala de los Milagros.

Entraron por la puerta y tuvieron ante sí un galerón con un boquete gigantesco abierto en el techo. La Puerta Abierta del Cielo de la que habla Juan en el capítulo 4 de su Libro de las Revelaciones.

Sólo que el Cielo no estaba ahí. El Cielo estaba lejos, ascendiendo por el gigantesco tubo de escape que conectaba el mundo terrenal con el Reino de Dios en la Tierra.

Hilda Gallagher y su hijo sintieron las corrientes frías que escapaban del abismo superior celestial. Un funcionario los llevó hasta la franja pintada en el suelo que dibujaba la frontera con la Puerta Abierta del Cielo y se pusieron a orar y a cantar cantos celestes para pedir que cayera del cielo un reemplazo para el órgano atrofiado del pequeño Benjamin.

“Y vi una puerta abierta en el cielo. Y la primera voz que yo había oído sonó como sonido de trompeta que hablaba conmigo.”

La madre del pequeño recitaba un pasaje de las Escrituras y sentía cómo el pecho se le hinchaba con la fe celeste y pronto escuchó un sonido de trompetas y una voz también como sonido de trompetas que hablaba con ella.

Sube acá y te mostraré. Sube acá y te mostraré.”

La señora Gallagher abrió los ojos. Pensó que vería el órgano del pequeño Benjamin cayendo por el boquete de la Puerta Abierta del Cielo y que el Milagro se les habría concedido, pero no caía nada. No era Dios quien les estaba hablando.

Era Matias Sluschburgen, el plomero, gritándole desde una nave destartalada que se subiera pronto.

-¡Suba al pequeño Benny también! Le dije que vendría a buscarla, ¿se acuerda?- le gritaba Sluschburgen entre los rugidos de la nave.

Hilda Gallagher estaba desconcertada. Uno de los muros de la Sala de los Milagros estaba derruido.

-¡Suba!- el ruido de trompetas venía de la nave.

Fue el pequeño Benjamin quien avanzó hacia la nave, llevando a su madre detrás de sí.


-Pero, ¿se nos concedió el Milagro?

-A casi nadie se le concede el Milagro, señora Gallagher. Lo más probable es que a su hijo también se le hubiese negado- le explicó Niel Strauss.

-Pero ¡debieron dejarme terminar con el proceso! ¡Dios nos castigará por lo que hacemos!

-Eso ya no importa, Hilda- atajó Sluschburgen – Dios ya no podrá castigarnos. Ya no le hablaremos a través de un boquete en el techo.

Y la nave subía, ahora, a través del boquete.

¿Qué verían después? Hilda tenía miedo de la cólera divina. ¿Cómo sería el Cielo?

Los hombres tenían prohibido el vuelo, las naves. Tenían prohibido ese ascenso. La relación con Dios era dispar: ellos hablaban y Dios les arrojaba bendiciones a través de la Puerta del Cielo. Pero no podía ser una relación inversa. No podía.

¿De dónde habían sacado estos hombres la nave? ¿Que no tenían miedo de la cólera divina?

Piezas de Recambio – Tributo a Asimov – Parte I

-Pero, ¿qué se supone que voy a hacer con toda esa chatarra, Stevens?

Randall Watson sostenía exactamente la misma conversación telefónica todos los meses. Invariablemente, Watson terminaba con las aletas de la nariz henchidas y un temblor incontrolable en el ojo derecho.

-Lo sé, Stevens, lo sé. Me lo ha dicho miles de veces. Pero, ¿usted quiere que yo lo comprenda?

-…

-Usted sabe que me sobran esas piezas, Stevens.

-…

-¿Qué las reutilice? ¡Pero si son basura, Stevens! ¿Usted pone a funcionar sus fábricas con basura? ¿Usted alimenta a sus hijos con basura?

-…

-Ya, ya, usted me da largas porque quiere obligarme a hacer un envío especial, ¿verdad? El gobierno y sus envíos especiales. Espero que esta vez al menos me lo hagan deducible de impuestos.

-…

-¿Que no se va a deducir, Stevens? Pero, ¿qué se cree este gobierno de oportunistas socialdemócratas?

-…

-Ya, la productividad, mantener las cosas en orden. Como usted diga, Stevens.

El señor Watson colgó el teléfono, se levantó de su espléndido escritorio de roble y se puso a darle una vuelta a la oficina. Desde que los socialdemócratas subieron al poder, el gobierno no paraba de pedirle envíos especiales. Antes vendía su chatarra a fábricas de segunda. Se reinvertía la ganancia. Eran tiempos mejores, mucho más eficientes. Pero los socialdemócratas no eran, en definitiva, los tipos más eficientes de este planeta.

Watson terminó por resignarse y llamó a su secretaria para que diera la orden de preparar el cargamento que había ordenado el señor Stevens.


Hilda Gallagher recibió por tercera vez la misma respuesta. No podían hacer nada por ella en los hospitales comunitarios.

-Siguiente- bufó el médico y le puso los ojos encima al anciano que estaba en la fila detrás de la señora Gallagher. Hilda tomó en brazos a su hijo y le insistió al médico recepcionista.

-Deme un pase, por lo menos.

-¿Un pase?

-Un número para entrar en la Sala de los Milagros.

-Señora, ya le dije que no hay números. No le damos un trato especial a nadie. Si quiere un Milagro de Dios, tendrá que hacer fila, obtener un turno y luego esperar como el resto de los ciudadanos. Ahora, si me permite, ¡siguiente!

La señora Gallagher se dispuso pues a entrar con su hijo en el gran edificio de las Salas de Espera que antecede a la Sala de los Milagros.

Se acercó al mostrador, llenó un formato de solicitud de Milagro, recibió el turno número 2552 serie B del día y luego fue a tomar asiento en algún rincón del pabellón B de las salas de solicitantes.

Todos ahí esperaban resoluciones para casos que estaban más allá de los avances de la medicina. A un lado de ella estaba sentado un hombre cetrino. Su hijo Benjamin hipaba. Los doctores decían que uno de los órganos de su sistema respiratorio estaba infectado y que sería cosa de días, de horas quizás, antes de que ya no funcionara.

Al ver pasar a un funcionario vestido con el mono reglamentario, Hilda Gallagher lo interrumpió.

-Disculpe.

-¿Sí?

-Quisiera saber… Verá… Mi hijo… Sólo es un niño.

El funcionario la miró con indiferencia.

-¿Y qué quiere? ¿Que por ser un niño lo llevemos antes al interior de las salas? ¿Sabe cuántas madres están aquí ahora? ¿Sabe cuántas madres me piden lo mismo, señora…?

-Gallagher.

-Gallagher. Usted conoce las reglas, señora Gallagher. La maternidad no es un vale de descuentos en nuestro sistema.

-Tenga un poco de piedad, por favor. Compréndame. Benny sólo es un niño.

-Y eso me dicen todas las madres. Claro, es sólo un niño, es sólo un niño, pero ha enfermado. Algún pecado habrá de tener este mocoso. O usted. O su marido.

La señora Gallagher se quedó callada.

-Quiero ver su carnet, señora Gallagher. Muéstreme sus horas de servicio. ¿No estará descuidando sus obligaciones por estar aquí sentada esperando el Milagro?

Hilda Gallagher sacó su carnet y mostró al funcionario el calendario fechado con todas sus horas de servicio trabajadas. Sintió vergüenza porque, en efecto, había descuidado en más de una ocasión el trabajo por cuidar de su primogénito enfermo.

-¡Ya ve, señora Gallagher! ¡Dios castiga la holgazanería y premia la diligencia! Usted sabe lo que dice San Pablo. “El que no trabaje, que jamás reciba su Milagro.”

-Si quiere ayudar a su hijo, vuelva a su factoría y trabaje tanto como pueda. El doble, el triple si es necesario. Su hijo, al fin, puede cuidarse solo.

-Pero…

-Pero, ¿qué? ¿Me va a volver a decir que es sólo un niño? Muchos niños enferman y, ¿sabe cómo los ayudan sus padres? Trabajando duro, ¿cómo más? Trabaje y así evitará contraer la infección usted también. Ahora váyase.

Pero la señora Gallagher no pensaba dejar solo a su único hijo.

Miró cómo el funcionario se alejaba con indiferencia.

-Psst- el señor cetrino sentado a su costado le hablaba. –No lo escuche, señora. ¿Cree que ellos saben lo que es vivir con la infección o tener a un familiar enfermo?

Hilda Gallagher negó con la cabeza.

-No lo saben. No saben nada. Ellos dicen que no pasa nada, que si nos niegan el Milagro es posible trabajar y trabajar y seguir trabajando y esperar que con algunas horas más en el carnet, se reconsidere nuestra solicitud de Milagro. Pero no es lo mismo decirlo que entenderlo.

La señora Gallagher asentía con aflicción.

-No se aflija. Todo tiene solución, señora Gallagher.

Y entonces le pasó por lo bajó una tarjeta de presentación con su nombre. “Matias Sluschburgen. Plomero” y nada más. La tarjeta no tenía teléfono ni domicilio.

Sluschburgen se levantó y le dijo a la señora Gallagher:

-Usted espere. Si le niegan el Milagro, yo vendré a buscarla. A usted y a su pequeño Benny.

Y salió de la sala de solicitantes sin que nadie le prestara ni una pizca de atención extraordinaria.